Sinodalidad y liturgia

Últimamente se habla mucho de sinodalidad. Este concepto no aparece en el Concilio Vaticano II, sino que se fue desarrollando después, a pesar de que está totalmente en sintonía con el Concilio.

Ya el Papa San Pablo VI instituyó el sínodo de los Obispos para que la Iglesia trabajar colegialmente, es decir, sinodalmente, conjuntamente, caminando juntos.

El papa Francisco le ha dado un renovado impulso, en diversos documentos y discursos, hasta el punto de afirmar que la sinodalidad es una dimensión constitutiva de la Iglesia. En su reciente exhortación apostólica «Cristo vive», fruto del Sínodo sobre los jóvenes, dice:

«La pastoral juvenil solo puede ser sinodal, es decir, conformando un caminar juntos que implica una valorización de los carismas que el Espíritu concede según la vocación y el rol de cada uno, mediante un dinamismo de corresponsabilidad. Animados por este espíritu, podremos encaminarnos hacia una Iglesia participativa y corresponsable, capaz de dar valor a la riqueza de la variedad que la compone, que acoja con gratitud la aportación de los fieles laicos, incluyendo a jóvenes y mujeres, la contribución de la vida consagrada masculina y femenina, la de los grupos, asociaciones y movimientos. No hay que excluir a nadie ni dejar que nadie se autoexcluya» (núm. 206).

El inicio de curso es una buena ocasión para revisar si nuestra acción pastoral va en esta línea (ver Hechos 2,42-47). Y recordemos que la celebración litúrgica, especialmente la Eucaristía dominical, es el momento de máxima expresión de esta Iglesia en comunión que camina sinodalmente en la construcción del Reino de Dios, en medio de los hombres y mujeres de hoy, haciendo todo lo posible por hacer posible una humanidad más humana y más fraterna.

Xavier Aymerich

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