Adviento

Todo el tiempo de adviento es como una gran oración que podríamos resumir en esta frase que rezamos tantas y tantas veces a lo largo de este tiempo: ¡VEN, SEÑOR JESÚS!

Para avanzar en este campo de la oración mirad si os puede ayudar esta pequeña parábola que comparto, aquí, con todos vosotros

Se acercó una mujer al Anacoreta y le dijo:

Llevo tiempo intentando rezar y no lo logro. Mi cabeza se llena de pensamientos que me distraen y a duras penas logro repetir oraciones ya escritas. ¿Puedes enseñarme a rezar?

Sonrió pícaramente el Anciano y, mirando con simpatía a la mujer, dijo.

Leí una vez a un sabio benedictino inglés, el P. David Foster, comparar la oración a cinco dedos y una mano.

Ante la mirada de extrañeza de la mujer, la invitó a sentarse y prosiguió. Para él, los dos dedos más pequeños representaban la oración de petición:

El meñique petición para nosotros.

El anular, algo más grande, petición para los demás.

El dedo corazón, el del centro, que es el más largo, representa la oración de acción de gracias. Debería ser la más habitual.

El dedo índice sirve para señalar, pero no a los demás sino a nosotros mismos. Es la oración de contrición. Reconocemos nuestra propia culpa.

El pulgar, que puede separarse de los otros cuatro y que se mueve en todas direcciones, es la oración de adoración y de alabanza. Cuando reces, dedica un ratito a cada dedo, pero sobre todo al corazón y al pulgar.

La mujer asintió y luego preguntó:

– Y la mano, ¿qué significa la mano? Sonrió el Anacoreta y respondió:

La mano es la oración de la ofrenda. La más perfecta.

Es poner tu vida en las palmas de tus manos y entregársela a Dios. Es dejar las manos abiertas para recibir el amor de Dios que Él te envía como respuesta.

Miró al horizonte y acabó diciendo:

Nacemos con las manos cerradas y necesitamos toda una vida para aprender a abrirlas…

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